Camino de Santiago: Un viaje por si mismo

“Caminante son tus huellas el camino y nada más
Caminante no hay camino se hace camino al andar

Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”

-Antonio Machado

Me gustaría tener la habilidad para poder escribir a todo detalle lo que pasó durante el camino de Santiago. Todos los detalles, los diálogos, los pueblos, las comidas y los sentimientos que a lo largo del mes vinieron a mí. Es un proyecto demasiado ambicioso para el nivel que puedo tener por ahora, además de que quizás por el momento, lo que tengo ganas de escribir no sería exactamente eso.

Tuve el proyecto de escribir seguido lo más representativo, lo que más me cambiaba. Era difícil el acceso, y con el tiempo, los personajes empezaron a invadir espacios y tiempo, que gracias a Dios no me permitían acercarme a esta tarea.

Con esta conclusión que hay aquí del camino de Santiago, tan solo pretendo, como todo lo que se encuentra en este espacio, vomitar lo que siento. Lo que sentí al vivir todo lo que pasó. Vomitarlo de tal manera que después pueda verlo Yo ó quien quiera que lo lea, pero siempre con el objetivo fundamental de no guardarlo en mis entrañas cual comida deglutida, sino mostrar esas profundidades abismales que nos hacen lo que somos, y que he tenido la oportunidad de ver que normalmente el verlas, nos enseñan mucho de nosotros mismos, lo cual quizás sea la tarea más profunda y más importante en la vida. Conocernos a nosotros mismos.


Comencé el camino en la región de Navarra en el pueblo de Roncesvalles. Caminé la región de Navarra, La Rioja, Castilla y León y Galicia. Meses antes de salir a emprender el peregrinaje tenía claros mis objetivos y el plan de cómo hacerlo, sin embargo me iba a enfrentar ante algo que desconocía. Ante eso, a veces planear resulta ser algo más cercano a lo imposible.

El camino es muy caprichoso, no te permite que hagas planes a tu manera. Pone cosas a lo largo del trayecto con las que tienes que lidiar que cambian de manera radical la expectativa que llevabas. Los objetivos quizás no cambian en su totalidad, pero el cómo querías hacerlo definitivamente es algo que no puedes tratar de imponer.

Me gusta pensar en el camino como algo vivo, como algo inteligente que sabe lo que necesitas y te lo pone a lo largo para que lo tomes sin que hayas imaginado que era “eso” lo que necesitabas.

Justo eso me sucedió. Salí de aquél pueblo en medio de los pirineos con la idea de estar el mayor tiempo posible en silencio y conmigo mismo para tratar de reencontrarme, equilibrarme y de tomar decisiones “importantes.” También llevaba algunas tristezas que dejar en el camino que me causaban mucha pena, las cuales me había empeñado en llevar cargando como si tuviera la necesidad de sufrir.

Mi primo me había animado diciéndome que conocería mucha gente en el camino y que sería un viaje excepcional.

La verdad, me daba igual a quien pudiera conocer, finalmente iba conmigo mismo y eso era lo importante, además iba en un plan muy huraño. Jamás imaginé que iba a encontrar tanta gente con la que me hubiera gustado pasar años aprendiendo de ellos escuchando sus historias. Al menos esos tres viajeros con los que caminé tantos kilómetros en distintos momentos, con los que compartí lo que quizás no compartí con gente que conozco de años.

Tan diferentes entre sí, todos tan diferentes de mi

Todos tan diferentes de mi, todos tan diferentes entre sí, y aún así, piedras destinadas a colisionar para cambiarnos visiones, para enseñarnos puntos de vista completamente opuestos aunque solo fuera para el gozo de saberlos ó de reflexionarlos.

Mientras caminaba. Me topé con Hans. Un caminante alemán que quería encontrarse a si mismo y que odiaba su vida. En el momento que yo lo topé su comentario clave fue el revelarme que pensaba que caminando descubriría muchísimas cosas de él mismo, pero que hasta ese entonces lo único que había descubierto era que cuando caminaba muchos kilómetros se le calentaban demasiado los pies. Era una revelación terrible, pero cuando nos despedimos me di cuenta que yo me encontraba en la misma situación, que por más que intentaba pensar y reflexionar en lo que debía, más me alejaba de mi meta y se me calentaban mucho los pies.

No puedo decir que eso me haya dado la pauta para cambiar la manera de caminar y de vivir mi viaje. Lo que sí puedo asegurar, es que el salir de la rutina de mi vida me hacía ser una persona mucho más abierta, y que en algún momento decidí entregarme a lo que el camino me tuviera que dar.

Hoy por hoy, me doy cuenta que el resultado de esa entrega me llevó a alejarme de la idea de lo calientes que estaban mis pies. De pronto me vi sumergido en un océano. Un mar donde flotábamos los personajes que seguíamos ese camino amarillo buscando al mago de Oz para que pudiera concedernos lo que cada quien individualmente buscaba.

El camino es como la vida, no solo porque es caprichoso y te coloca seguido en lo que necesitas. La analogía es más grande que eso. Lugares guapos, feos. Personas chidas y otras nefastas. Días buenos y malos. Un grupo de amigos ó familia, y una lucha constante por algo. Sea lo sea que esto signifique. Es como la vida, tan loco, tan intenso y tan bizarro. Cada quien busca cosas tan distintas, pero aún así cada mañana, al igual que en la hora pico del tráfico todos toman el coche hacia el trabajo, los peregrinos se levantan, no importa lo que individualmente los motive, pero todos se levantan para caminar los kilómetros que puedan ó se hayan fijado para acercarse día con día a Santiago. Todos los días llegan nuevos y todos los días hay quien tiene ó decide abandonarlo, pero eso a la larga no cambia nada. La vida sigue, el camino continúa.

En lo personal, algo me ayudó. No sé decir exactamente que pasó pero dejé de tratar de descifrar quien era el nuevo YO, ese que se transformó en el año que pasó tan duró, tan especial y tan chingón, lo cual era uno de mis objetivos principales. Cuando menos lo imaginé estaba viajando con dos peregrinos. Nuestras edades se diferenciaban por las décadas exactas que había entre nosotros siendo yo el más joven. De pronto me encontré en ese trío donde me disfruté a mi mismo como he venido haciendo desde toda la vida pero que logré masterizar hace seis meses. Pasé un camino intenso lleno de historias tristes y razones por las cuales caminar. Razones y deseos para encontrar corazones, valor ó cerebros con SantiagOz.

Vi el amanecer durante treinta días con diferentes paisajes. Caminé bajo la boveda celeste con luna nueva de madrugada para disfrutar de otro tipo de espectáculo y de mayor soledad. Caminé por puentes y ciudades medievales con historias milenarias referentes al camino. Pasé por el Océano mar dorado de trigales de Castilla y León, donde te pierdes y te sientes en el vientre del mar, donde el sol te azota produciéndote la misma congoja que al marino en el melancólico azul del mar. Crucé la frontera natural de los montes para entrar en tierras celtas gallegas.

A lo largo de la gama de paisajes, paisanos y anécdotas dignas de contar con litros de cerveza en la mesa me fui olvidando de mi ensimismamiento y disfruté el momento.

El camino te enseña que la meta no es lo que importa.

Día a día te topas con cosas diferentes que puedes aceptar ó no. La velocidad promedio de 5km/h te da la oportunidad de ver la vida más lenta. La vida del campo, los animales, los paisajes, otros peregrinos, monumentos. Una diversidad que siempre nos rodea de una manera u otra, pero que a veces nos cegamos por motivos estúpidos.

El camino te facilita la experiencia. Puedes decidir escuchar tu respiración, el viento, tu voz interior, los pájaros ó la vida de alguien más. En ese proceso en el que poco a poco ves como el sol sale por tu espalda y cruza el cielo sin importarle nada, porque en el fondo tus problemas no importan y de nada servirá que te preocupes de más por lo que no debes. En el camino recuerdas que hay un cierto orden para las cosas. Un orden que no podemos cambiar, y aunque debemos actuar como si no lo supiéramos, nunca debemos olvidar que hay cosas que sencillamente nosotros no podemos cambiar por nuestros cojones.

A su vez, cada quien decide vivir su experiencia como más le convenga. Tuve la oportunidad de reír. Me dejé de buscar a mi mismo en algo muy espiritual y me reí como pocas veces en mi vida había reído. No me contuve de decir todas las bajezas que quise para hacer reír a los demás. No me detuve nunca. Y con muchas risas nos curamos entre todos muchas cosas sin darnos cuenta, sin esperarlo.

Aunque empecé el camino en la peor condición física que jamás estuve, en unos días me encontraba más en forma que nunca. Perdí el sobrepeso, y sentía una fuerza en mí que jamás había sentido.

Me alejé de la música y del ruido lo más que pude. A pesar de reír mucho, y de hablar muchísimo busqué mucho el silencio, lo cual creo que me enseñó bastante de mi mismo y de todas las cosas que soy capaz de decirme si me escucho.

No pretendo decir que el camino mágicamente me convirtió en un hombre feliz y con una salud impecable por motivos santos. Lo que si me queda claro es que me enseñó un modo de vida sencillo que en la sociedad que hemos construido a veces es muy difícil de seguir o de mirar, al menos para mi con el estilo de vida que llevé tantos años. Recordé, ó quizás por primera vez miré que a veces nosotros complicamos más los problemas para jodernos la vida. Las broncas parecían tan sencillas conforme pasaban los días,  las preocupaciones no existían del todo a pesar de que estábamos en el camino, en la vida.

Cuando empecé el camino, esperaba aprender de él, de ciertas personas y algunas lecturas. Nunca me puse del otro lado. Nunca me imaginé que así como esperaba recibir yo también podía dar. No porque lo pensará imposible, pero era algo que no pasó por mi mente, y que la experiencia satisfactoriamente me mostró que yo podía ayudar y enseñar cosas a la gente sin importar su edad, condición ó sexo. Todo esto, evidentemente para la gente que está dispuesta a escucharte. Fue muy satisfactorio, llegó en un momento donde además me sentía muy bien conmigo mismo. Aprendí a quererme mejor al escucharme más, me di mucha seguridad, y mientras más lo hice más pude ayudar a la gente como fuese. Con un consejo, con una manera de pensar ó con algún comentario bajo, soez y vulgar que sacara la carcajada en un momento de flaqueza. Claro está, que no solo estuve en el camino para hacerlo. Aprendí mucho sobre la gente que vi, que conocí y que escuché. Era un círculo con retroalimentación continua.

Sin tener que diseccionarme en pedazos para comprenderme me acepté como soy y dejé de pensar en eso. Así pude ser mucho más natural y olvidar la cuestión de mis pies calientes. Estoy seguro que el hecho de poder haber sido así, influyó mucho en el poder dar a la gente lo que fui capaz de dar. Y comprendí que por eso tuve una época tan buena los meses anteriores, esperaba venir al camino para analizarme pieza a pieza, pero mientras lo esperaba actué con esa naturaleza que había logrado gracias a esa gente especial con la que conviví durante todo ese año.

Finalmente entramos en Santiago. Había caminado treinta días sin parar viendo el amanecer todos los días, escuchando el silencio y riéndome como nunca. Para ese entonces me acordaba de Monique y de Fabrice, mis primeros personajes. Él, tenía toda la razón. Cuando llegué a Santiago sentí un gozo que me sacaron dos lágrimas entrando en la ciudad, pero también una tristeza de que la caminata, el viaje y toda esa experiencia habían terminado así como el no querer separarte de algunas personas.

Si, sobretodo de ti.

Monique y su consejo de la confianza y la humildad, tenía mucha razón también. De los primeros pasos que había que dar era tener confianza en que iba a llegar a Santiago, la confianza en que todo lo que quieras lo puedes lograr a base de deseo y voluntad. Todo es cuestión de romperse la madre con todo el esfuerzo. Tampoco lo era todo. La humildad definitivamente era importante, pero faltaba un elemento clave, la fe. No quisiera orientarme hacia lo divino, hacia Santiago y los caminos canónicos de la iglesia. Nel, eso podía venir ó estar en muchos de los peregrinos que visitaban a Santi y que no estaban locos, pero creo que la confianza y la humildad tienen que ir acompañada en esa fe en nosotros mismos. Aquella que nos haga ligeros, que nos vacíe para que se nos permita llenarnos continuamente con lo que tenemos en ese momento. Para vaciarnos entregándonos a lo que sea que estemos haciendo y de tal manera llenarnos continuamente de cosas nuevas, ya que al final no se trata de vaciarte sin pensarlo, se trata de ser como un río. Aprovechar todo en ese momento, dejar fluir todo lo que pasa y nunca aferrarte a algo para evitar dolores innecesarios.

Llegué a Santiago con una amiga muy querida. Hicimos una cola larga para entrar a abrazar al santo. Asistimos a la misa de 12, la cual era especial para el peregrino en la catedral de Santiago. La misa fue algo alucinante al estilo del señor de los anillos. El buta fumeiro oscilaba, las monjas cantaban bellísimo en latín, doce curas bendecían el pan y el vino vistiendo túnicas verdes con la cruz militar de protección al peregrino de la edad media diciendo bendiciones en idiomas diferentes. Todo esto pasó en lo que nosotros seguíamos masticando que el camino había acabado y escuchábamos un sermón trillado que hacia encabronar a pesar de toda la parafernalia que había delante y que, en verdad era muy emotiva.

Evidentemente como esperarán leer, SantiagOz no existe. Nos quedaban las enseñanzas de todo ese camino que nos mostró ese modo de vida tan peculiar. Daba igual si queríamos un corazón, un cerebro ó un par de huevos, al final el camino nos había dado una oportunidad en el camino para probarnos a nosotros mismos, escucharnos y darnos cuenta que lo que buscábamos sencillamente lo teníamos, y que todo está dentro de nosotros mismos. Que a veces el hombro de un buen carnal y un buen chiste son milagros que te encuentras a lo largo del camino, de la vida, pero que a veces, todos, absolutamente todos lo olvidamos en la sociedad estresante y evasiva que creamos, pero sobretodo, recordar que siempre; siempre nos tenemos a nosotros mismos.

La gente con la que caminé, al igual que yo, estaba loca. No por nada un periódico local gallego describió al camino de Santiago como un manicomio ambulante. Muchos de los peregrinos se sintieron ofendidos. Si, los que no éramos fanáticos religiosos estábamos jubilados ó muy locos. Aún así creo que estar loco vale mucho más la pena en esta vida que ser un cuerdo que no tiene interés en descubrirse, y al menos nosotros, el trío de locos, nos la pasamos de puta madre mientras caminábamos y vivíamos encontrándonos a nosotros mismos en unos huevos con chorizo en la España profunda ó a Dios en una sidreria. Cada encuentro que tenía era un encuentro conmigo mismo

Finalmente mi hermano, ajeno a todo esto me dijo lo más importante referente al camino desde que comencé este proyecto y que considero es muy acertado.

-Que bueno que estés haciendo el camino, lo has mencionado durante todo este tiempo y se ve que es algo muy importante para ti. Camínalo, y cuando lo termines, nunca dejes de caminar.

Uno de los grandes pensamientos ó divisas del camino de santiago resume todo eso. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. No sueñes tu vida, vive tus sueños.

EGA

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